sábado, 19 de mayo de 2012

Homenaje a Carlos Fuentes


Un pensamiento avanza en espiral y se niega al reposo. A la pantalla mental le cuesta editar la sustitución de un tiempo desterrado por otro ya desaparecido. La estampida del adiós suena como si las ideas pasadas y presentes se movieran y desdibujaran, como los elementos de un paisaje que se desplazan ante los ojos de un caminante. El misterio de esa especie de “eterna juventud” estaba en su temperamento entusiasta, en su devoción por la literatura, en ese simulacro de felicidad que le suministraba la escritura. “Cuando se llega a cierta edad, o se es joven o se lo lleva a uno la chingada”, predicaba con sus mexicanismos a flor de piel. “La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte –dijo el autor de La región más transparente, “el Premio Nobel que no fue”–. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es”. Ese día llegó sorpresivamente, sin preludios. Carlos Fuentes, uno de los más destacados narradores mexicanos del siglo XX, autor de una veintena de novelas y acreedor de varios galardones importantes, como el Cervantes y el Príncipe de Asturias, murió a los 83 años en México.
Las trampas de la memoria encienden el asombro, como si trucando imágenes remotas se pudiera mitigar del desconcierto y la pena que por estas horas atraviesan a lectores y lectoras del mundo hispano. Las calles de Buenos Aires, que el narrador transitó hace no más de quince días, conjuraron el recuerdo de su infancia por estos pagos. Quizás el azar sea parte del orden invisible de las cosas. Fuentes, hijo de un diplomático, nació el 11 de noviembre de 1928 en Ciudad de Panamá. Los sucesivos destinos asignados a su padre –Argentina, Chile, Brasil, EE.UU. y otros países iberoamericanos– lo transformaron en una suerte de niño-adolescente itinerante. Pateó avenidas y arrabales porteños por 1943, cuando el ministro de Educación era Martínez Zuviría, el escritor que firmaba como Hugo Wast. “Mira: yo vengo de la escuela pública de Washington, no soporto esto”, le dijo el adolescente Fuentes a su padre. Ni una amnesia galopante ni los analgésicos más poderosos podrían atemperar el fantasma en ciernes de esa “educación fascista” que con tanto ahínco rechazaba el joven. “Tienes toda la razón, tienes 15 años, dedícate a pasear”, le respondió el entonces consejero de la embajada de México. Bastó esa palmadita de su progenitor para que el joven se dedicara a conjugar en todos los modos y tiempos verbales posibles el “yirar” porteño. Durante un año se convirtió en hincha de la orquesta de Aníbal Troilo. Se jactaba, con una sonrisa pícara, que la siguió a todas partes, como a esa vecina casada que lo doblaba en edad –30 años–, y de la que se enamoró. Volver a Buenos Aires –confesaba sin ademán nostálgico– le deparaba la sensación de rejuvenecimiento, como si otra vez tuviera 15 años y lo estuviera esperando la vecinita.
“Recordar el futuro. Imaginar el pasado”, consigna el escritor con economía ejemplar en La gran novela latinoamericana. “Este es un modo de decir que, ya que el pasado es irreversible y el futuro incierto, los hombres y mujeres se quedan sólo con el escenario del ahora si quieren representar el pasado y el futuro. El pasado humano se llama Memoria. El futuro humano se llama Deseo. Ambos confluyen en el presente, donde recordamos, donde anhelamos.” En el escenario de ese pasado “imaginado”, Fuentes leyó por primera vez el Quijote a los 12 años. Y sin embargo, la obra capital de Cervantes no fue el primer encuentro sentimental con la literatura. En Río de Janeiro, otra de las escalas por las obligaciones diplomáticas del padre, el pequeño Fuentes se sentaba en las rodillas del escritor mexicano Alfonso Reyes, embajador de Brasil, quien le aconsejó que estudiara Derecho. Las cartas estaban marcadas. Aunque obedeció la recomendación y se formó en leyes, su radical voluntad por la literatura, ese futuro que entonces era un deseo, se impondría con la fuerza de una certeza sonora y formal de la que nunca se apartaría.
No es una empresa sencilla narrar un país con sus historias y mitologías –más o menos visibles– en la mochila del imaginario; con sus esperanzas y fracasos que calan hasta los huesos. Urgencia juvenil y precoz sabiduría se confabularon cuando aquel joven de 29 años publicó su primera novela, La región más transparente (1958), tan vertiginosa y caótica como innovadora, considerada como el “primer estallido del llamado boom de la Nueva Novela Hispanoamericana”; texto insignia que inscribiría a su autor en la galería de los grandes nombres de la literatura latinoamericana. Cada voz, cada rincón, cada tugurio de la ciudad de México de mediados de la década del ’50 –esa “región más transparente del aire”, alusión-homenaje a Reyes–, con sus enmarañadas texturas, sabores, dicciones y prodigios rompía el velo de ese umbral que nadie se había animado a explorar. Lo vivo, lo deforme, lo bello y desgarrador administraban una espesura que tal vez sólo se reveló completamente cuando se disolvieron los prejuicios. Como suele suceder, abundaron objeciones hacia novela con munición gruesa: por “soez” –quién sabe si en el mejor de los casos–, por “antinacionalista”, sin duda el reparo más peligroso y reprobable. Un puñado de escritores como Julio Cortázar, Salvador Novo, José Lezama Lima y Miguel Angel Asturias, entre otros, no dudó en respaldar la “vapuleada” primera incursión literaria de Fuentes. Ese bautismo de fuego con la ductilidad de las “interpretaciones” fue el anticipo de una cifra. O un precio. Una novela es algo contradictorio y ambiguo.
Por las páginas de esa novela precursora donde lenguaje, temática y estructura son objeto de una radical experimentación, aún se oyen los últimos balazos de la Revolución Mexicana (1910-1917), como lo advirtió la escritora y periodista Elena Poniatwoska, la primera que entrevistó a Fuentes. Semejante alboroto no podía pasar inadvertido. Los lectores más avezados todavía pueden revivir las esquirlas de ese texto intenso y complejo en la profusión de hilvanes y fraseos mexicanos. La publicación de una novela no suele ser un “acontecimiento”. Quizá nunca lo fue, excepto que se quieran pontificar los tiempos idos. Pero algunos libros de Fuentes y de Gabriel García Márquez –unos años después– parecían manchas de aceite que se expandían con el afán de cristalizarse. “Los mexicanos vieron en esta novela un mural muy simbólico y al mismo tiempo muy ceñido al detalle de la mezcla de clases”, explicaba Carlos Monsiváis. “Era una novela muralística con choferes de taxi, prostitutas, figuras de esta sociedad banal y escritores fracasados. Era todo y especialmente la vibración de la ciudad, el ruido de la ciudad.” La mayor proeza que consuma ese libro –como señaló Guillermo Saavedra cuando se presentó una reedición por los cincuenta años– radica en la simultaneidad literal que ofrece al lector. “Por la vía de los constantes cambios de convención narrativa, el lector puede viajar al pasado atávico del México precolombino y regresar al presente tenaz e inmediato de mediados de los ’50; darse de narices con diversos momentos de la prolongada Revolución mexicana para instalarse de pronto en la interioridad febril de la conciencia de un personaje del presente de la novela o en el diálogo casual de unos obreros emborrachándose en un bar de ese mismo presente”, planteaba Saavedra. Ya intuía ese joven escritor mexicano lo que escribiría en uno de sus ensayos: “El tiempo perdido es, como en Proust, un tiempo que uno puede recuperar sólo como un minuto liberado de la sucesión del tiempo”.
De lo que no se pudo “liberar” Fuentes –acaso no quiso o no supo cómo– fue de continuar la estela del mandato paterno. Entre 1950 y 1951 representó a México en Ginebra ante la Organización Internacional del Trabajo. A mediados de esa década creó y dirigió la Revista Mexicana de Literatura (1955-1958) junto con Emmanuel Carballo, y trabajó en el departamento de Relaciones Culturales de Exteriores. Muchos años después, cuando era un autor consagrado, fue catedrático de Literatura en la Universidad de Princeton (Estados Unidos), pero también impartió clases de español y de literatura comparada en otras universidades americanas, como Columbia, Harvard y Pennsylvania. Entre 1975 y 1977 regresó al cuerpo diplomático y fue enviado a París como embajador, pero renunció en protesta por el nombramiento como primer embajador de México en España del ex presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz, uno de los responsables de la masacre de Tlatelolco en octubre de 1968. En una noche helada de esa breve instancia parisina de dos años, el embajador decidió viajar en tren a Praga, junto a Cortázar y García Márquez, para visitar a Milan Kundera. Ninguno pudo pegar un ojo, anonadados por los conocimientos de jazz de los que hizo gala el autor de Rayuela. No fue casual que los dos pilares del “boom latinoamericano” inauguraran en 1994 la Cátedra Julio Cortázar en la Universidad de Guadalajara. Otro placer del que no se liberaría fue el cine. Ese gusto comenzó en la infancia cuando su padre lo llevó a ver el Ciudadano Kane de Orson Welles; años después conocería al español Luis Buñuel, con quien mantuvo una fuerte amistad. De sus incursiones en el cine quedan guiones como Las dos Elenas, Un alma pura, El gallo de oro y Pedro Páramo. El mexicano Paul Leduc y el argentino Luis Puenzo filmaron dos novelas de Fuentes: La cabeza de la hidra (1981) y Gringo viejo (1989).
El autor de novelas como La muerte de Artemio Cruz, Aura, Cambio de piel, Terra nostra y Gringo viejo, por mencionar apenas los títulos más memorables de su amplísima producción, solía profesar su preferencia hacia Quevedo “por su capacidad para nombrar las cosas, por no dejar nada sin nombrar”. Excesivamente prudente a la hora de participar en las reyertas literarias, Fuentes no defenestraba a Góngora; al contrario: decía que era un “buen poeta”. Pero Quevedo –opinaba– tenía “la particularidad de ampliar la referencia lingüística”, como lo hicieron los grandes satíricos. Si algunas voces protestaron contra el canon de lecturas personales que el mexicano articuló a través de su último ensayo publicado, La gran novela latinoamericana, y subrayaron la omisión de Roberto Bolaño, él esgrimía que todavía no lo había leído. Prometió que lo haría. Esa lectura será una cuenta pendiente, aunque no la única. Había terminado Federico en su balcón, que presentaría en noviembre en la Feria de Guadalajara y ahora saldrá póstumamente, y ya andaba con la mente en otra novela, El baile del Centenario. “Tengo ya muchos capítulos, notas y personajes. Hay una mujer que me interesa mucho, que no quiere decir nada de su pasado y se va descubriendo poco a poco, hasta que llega al mar y se libera”, anticipó en una de las últimas entrevistas que dio en Buenos Aires.
La narrativa del mexicano podría agruparse en torno de una gran “comedia humana” con el nombre de la Edad del Tiempo. En Terra nostra, con una flexibilidad inapelable y de una manera audaz, cifra la historia de los inicios mexicanos, como una biblioteca que abreva en múltiples textos para imaginar el choque de dos mundos opuestos y complementarios. Si cultivaba una obsesión, fue la de establecer continuidades más que rupturas. Fuentes comprendió como pocos la soledad íntima e incomunicable a la que el hombre está confinado, aparentemente sin remedio. Y representó como pocos esa tierra pródiga en promesas de la literatura latinoamericana. Ahora quedan los recuerdos de sus mejores páginas. Como los recuerdos de un sueño.

sábado, 30 de julio de 2011

La invención de Morel

Un fugitivo llega a una isla aparentemente desierta. Al poco tiempo descubre a una serie de personas. Las espía. Se enamora de Faustine, una mujer que contempla los atardeceres en las rocas. Intenta acercarse a ella. Conoce a Morel, un científico loco. Todos le ignoran por completo. Las conversaciones y las situaciones se repiten cada semana. En el cielo hay dos soles y dos lunas. Piensa que: 1) puede estar volviéndose loco; 2) una extraña enfermedad le está afectando; 3) los turistas pueden ser extraterrestres; 4) está viviendo en mundos paralelos; 5) se ha convertido en invisible; 6) la isla es un realidad un manicomio y Morel el director; 7) la isla es el purgatorio, todos están muertos y él tan solo es una especie de viajero como Dante… El fugitivo no tardará en conocer la solución y cuando la conozca no dudará en dar su vida para pasar el resto de la eternidad con Faustine….
Novela esencialmente de género (mal que les pese a los puristas). Obra clave de la literatura de anticipación. Fábula de amor trágico (“ya no estoy muerto, estoy enamorado”). Nouvelle cumbre de la ciencia-ficción. Matrix de la literatura. Todo ello escrito con una geometría insultantemente perfecta y con pinceladas filosóficas que remiten a la teoría de los espejos de Borges, al eterno retorno de Nietzsche, a la filosofía de la mirada y a la cueva de Platón. Un tratado inolvidable sobre el amor y la soledad (“esa mujer me ha dado una esperanza; debo temer las esperanzas”), sobre la inmortalidad y sobre la dificultad cada vez mayor en saber distinguir la realidad de la fantasía (“ignoro cuáles son las moscas verdaderas y las artificiales”). Nunca en la historia la frase morir de amor tuvo un significado tan impactante….

La invención de Morel y Lost. Relaciones hiperestéticas

Una de las mejores formas de aprender es relacionando, así se nos abre un universo simbólico y significativo al leer un libro o al ver una película. Este es un caso: La invención de Morel tiene estrechas relaciones hiperestéticas con la serie Lost, Matrix y el videojuego Mist, entre otros. Propongo, entonces, a mis alumnos, comenzar a abrir ese universo maravilloso que representa una obra literaria estableciendo relaciones con los formatos mediáticos más atractivos.
La novela de 1940 escrita por el argentino Adolfo Bioy Casares es uno de los libros leídos por Sawyer en el transcurso de "Perdidos".
Es sabido que las ventas de "La invención de Morel", novela deciencia ficción publicada en 1940, se dispararon tras la visión en pantalla de Sawyer leyendo el libro durante la cuarta temporada de "Lost". Y es que este volumen, considerado por la crítica el despegue literario de su autor, constituye sin duda una importante influencia creativa en el show de televisión creado por JJ Abrams y Damon Lindelof.

"La invención de Morel" de Adolfo Bioy Casares

La novela narra el confinamiento de un fugitivo de la ley a una misteriosa isla que, inesperadamente, resulta estar habitada por un grupo de personas. Tras varios intentos frustrados de comunicarse con una de las mujeres, Faustine, poco a poco el protagonista descubre con horror la siniestra verdad de la isla: lo que ve no son personas sino imágenes inmortales de lo que una vez fueron, reflejos capturados para la eternidad por una diabólica máquina inventada por Morel.
La historia fue prologada en su momento por Jorge Luis Borges, quien afirmó, en el mismo texto que introduce la novela, que no le parecía "una hipérbole calificarla de perfecta". Y es que "La invención de Morel", relato con el que Adolfo Bioy Casares obtuvo el Premio Municipal de Literatura de la ciudad de Buenos Aires en 1941, supuso el inicio de la madurez literaria de su autor, en tanto que sentó las bases de una temática y un estilo propios.

Parecidos entre "Lost" y "La invención de Morel"

La lista de paralelismos entre "Perdidos" y la novela de Bioy Casares es larga: para empezar, el isleño narrador de la novela es un fugitivo de la justicia como Sawyer. Pero hay otras muchas similitudes entre ambos relatos, entre las cuales destacan las siguientes:
  • Ambas historias tienen lugar en una isla situada en algún lugar del Pacífico Sur: mientras que el isleño de "La invención de Morel" especula que su isla forma parte de las Ellice (actual Tuvalu, en la Polinesia), los Oceanic Six identifican su isla con Membata (Indonesia), también en el Pacífico Sur.
  • Ambas islas son el foco de una extraña enfermedad que mata a la gente en un plazo de entre 8 y 15 días.
  • En ambas obras se yuxtaponen distintos planos de realidad: en "Lost" esos planos son temporales; en "La invención de Morel", espacio-temporales.
  • Asimismo, en ambos relatos el mito del eterno retorno se halla presente: en la novela de Bioy, la misma semana se repite incesantemente; en "Perdidos", los personajes parecen condenados a regresar a la isla, teniendo que reproducir para ello la misma situación que les llevó allí.
  • El tiempo narrativo no es lineal en ninguna de las dos historias: el protagonista del libro de Bioy oscila entre pasado y presente a lo largo de su diario; y son conocidos los flashbacks y flashforwards empleados generosamente como recurso narrativo en "Lost".
  • En ambas historias, hay un quebrantamiento de la ley natural: Morel catapulta las leyes del espacio-tiempo y de la muerte con su invento; y en "Lost", las misteriosas propiedades electromagnéticas de la isla resquebrajan la lógica cronológica del tiempo.
  • Las máquinas que orquestan la fantasmagórica farsa en la isla de Morel recuerdan a los engranajes mecánicos que permiten mover la isla de "Perdidos".
  • Tanto el isleño de la novela como Sawyer dirigen su deseo hacia una mujer en principio inalcanzable, a quien aman en la distancia y que parece mantener una relación más cercana con otro hombre: es el caso de Faustine con Morel, y de Kate con Jack.
  • En ambos casos, además, esa mujer inalcanzable es una mujer especial, a la que se invita a participar en las tareas y hazañas de los hombres.
  • En "La invención de Morel", el fugitivo acaricia la idea de estar muerto y de encontrarse en un purgatorio, especulación que guarda paralelismos con la teoría de "Perdidos" (probada falsa) de que todos murieron en el accidente y de que la isla era un limbo.
  • Siguiendo esta línea, el protagonista de la novela se compara a sí mismo con Dante y Swedenborg, ambos autores de obras que imaginan el paso por un estadio intermedio previo a la muerte definitiva y que han sido citadas como referencias literarias de la serie.
  • En ambas historias hay un ser superior, amo y responsable de la realidad de la isla: el Jacob de "Perdidos" es equiparable al Morel de Bioy Casares.
  • En un momento dado, el isleño de Bioy Casares teme terminar como el japonés Tsuomi Sakuma, una de las víctimas del primer accidente de submarino; en "Perdidos", los coreanos Kwon encuentran el fin de sus vidas precisamente en un accidente de este tipo.
  • Ambas ficciones comparten otros elementos: en las dos aparece un inquietante buque de carga; hay un personaje llamado Charlie que muere; y aparece la idea de una pareja que celebra "miércoles literarios" (que en "Lost" bien podrían ser Ben y Juliet).

 


La invención de Morel y sus relaciones transtextuales y hiperestéticas

Una de las mejores formas de aprender es relacionando, así se nos abre un universo simbólico y significativo al leer un libro o al ver una película. Este es un caso: La invención de Morel tiene estrechas relaciones hiperestéticas con la serie Lost, Matrix y el videojuego Mist, entre otros. Propongo, entonces, a mis alumnos, comenzar a abrir ese universo maravilloso que representa una obra literaria estableciendo relaciones con los formatos mediáticos más atractivos.
Para empezar aquí un artículo de Carina Maguregui

Lost: un éxito televisivo que estrecha lazos con la literatura, la cultura popular y la educación no formal
Lost, la serie que comenzó en 2004 y ya lleva 5 temporadas en el aire, es mucho más que un simple éxito televisivo.
La historia de Lost -que descripta en breves palabras puede sonar trivial y poco original- nos introduce en el universo de unos personajes que sobreviven a un accidente aéreo en una isla perdida y aparentemente desierta. Pero, como sabemos, las apariencias engañan y en Lost nada es lo que parece ser.
Así, la complejidad de las situaciones, la aparición continua de nuevos personajes y el entramado de las capas espacio-temporales del relato hacen que los misterios se multipliquen exponencialmente, que las sospechas crezcan, que las pistas sean un bien escaso y que los engaños, trampas y artilugios estén a la orden del día. .
Muchos de los episodios de Lost tienen una estructura construida sobre la base de varios puntos de vista, pero los directores, guionistas y actores hacen un trabajo muy fino de navegación trans-capítulos para que estos montajes complejizados puedan encajar sin dificultades en la matriz general de la serie.
Algo que caracteriza a Lost es que la estructura de su relato fue concebida para ramificarse en múltiples plataformas y diferentes formatos (para televisión, para web, para videojuegos, para dispositivos móviles, etc.). A esta concepción se la denomina narrativa transmediática.
Componer un producto cultural de modo transmediático implica construir relatos, contar historias, poner en escena y crear estructuras narrativas a través de diversos medios independientes entre sí.
En el caso de Lost, la serie de televisión, los cómics, los videojuegos, los juegos de realidad alternativa, los mini-episodios pensados, escritos y producidos para los celulares, los blogs, etc. pueden verse, jugarse, descargarse y navegarse de manera independiente pues cada uno de ellos desarrolla y despliega una dimensión distinta del mismo universo que les da origen a todos.
La mayoría de los productos y proyectos transmediáticos, como Lost, narran en diferentes formatos y montan sus especificidades en diversas plataformas, algo que no hubiese sido posible de no mediar una transformación, evolución, adaptación y convergencia de los medios antiguos y los nuevos.
Lost y la literatura universal
Si hablamos de la convergencia que ocurre en Lost es necesario detenerse un momento en la relación de la serie y la literatura.
Los libros son muy importantes en la serie. Algunos episodios llevan títulos de libros, muchos otros contienen referencias literarias y algunos de sus guiones se basan libremente en conflictos o tramas de ciertos libros.
Estos textos han servido de inspiración a los creadores, escritores y productores de Lost, y pueden seguirse los temas, pistas y citas revisitadas a través de toda la serie.
Un ejemplo es el nombre Henry Gale. En Lost, este es el nombre que Ben utilizó para ocultar su verdadera identidad cuando los sobrevivientes lo encontraron luego de su (simulado) accidente con el globo. Henry Gale es el nombre del tío de Dorothy en “El mago de Oz”.
A su vez, el accidente del globo y el del vuelo 815 que arroja a un grupo de sobrevivientes en una isla desierta en el Pacífico donde comienzan a suceder cosas extrañas es muy similar a la trama central de la novela de Julio Verne “La isla misteriosa”, donde los personajes principales caen con un globo en una isla del Pacífico sur, aparentemente deshabitada, hasta que acontecimientos inexplicables levantan la sospecha de que no están solos en la isla.
El artículo Bioy cayó de visita a la isla de Lost, comienza con la siguiente línea: “Vendrán a buscarla; tarde o temprano han de encontrarnos, si la rapto. ¿No habrá en toda la isla un sitio para esconderla?”. La frase no pertenece a ningún guión de Lost, sino a La invención de Morel, la novela de Adolfo Bioy Casares, en la que un fugitivo encuentra una isla perdida del Pacífico sur en la que refugiarse, y se topa allí con unos “otros” rodeados de misterio.
La nota subraya que buena parte del éxito de Lost tiene que ver con que se trata de una serie sembrada de pistas y guiños que han dado lugar a una trivia descontrolada: desde los números malditos (pilar argumental de la primera temporada y tema aún no resuelto) hasta las canciones que escuchan los personajes; desde las menciones a los nombres de protagonistas de novelas hasta los libros que directamente aparecen en pantalla. Todo suma en un sistema de referencias pop que se ramifica cada día más.
El artículo nos recuerda que en la cuarta temporada de la serie el tema está llevado hasta el infinito y más allá. Después de cada capítulo los foros arden en curiosidades: que una foto en la pared de un protagonista secundario remite a una escena fundamental del primer capítulo, que otros dos personajes utilizan la misma pulsera y eso significa algo, y así hasta el hartazgo. Las curiosidades del cuarto capítulo de la cuarta temporada consignan la aparición de dos libros: Sivainvi (o Valis en inglés), de Philip K. Dick, y La invención de Morel de Bioy Casares.
El primero de los títulos aparece en la primera escena del capítulo, en la que John Locke le lleva al incategorizable Ben su desayuno y un libro: la historia de un paranoico iluminado con personalidad desdoblada. La invención de Morel, si bien proviene de la biblioteca del citado Ben (culto como buen villano), aparece en manos de otro personaje, Sawyer, el lector empedernido de la isla.
La nota continúa señalando que Lost sigue rompiendo récords de menciones a libros dentro de la serie.
Éstas pueden ir desde una referencia puramente visual (los ideogramas del I Ching en los isotipos de la Iniciativa Dharma) al título de un episodio (A Tale of Two Cities o Historia de dos ciudades, primer capítulo de la temporada tres), pasando por los libros que aparecen en la biblioteca de la escotilla o en las casas de la villa Dharma.
Un fenómeno muy interesante es la explosión de ventas de los libros aparecidos o citados en Lost luego de cada episodio. Tras la aparición de La invención de Morel en la serie, las ventas de la novela se dispararon en Estados Unidos, alcanzando el ranking de los 100 libros más vendidos en la cadena online más importante del mundo, Amazon.com, y ubicándose entre los 10 títulos más populares en la categoría de literatura latinoamericana. En el caso de Lost, la alianza televisión y literatura funciona como un mecanismo de convergencia perfectamente aceitado.


domingo, 19 de junio de 2011

UTOPIA Y FRUSTRACIÓN EN "EL CAMINO DE SANTIAGO" DE ALEJO CARPENTIER


JORGE HIDALGO
Introducción
El propósito de este trabajo es elucidar algunos aspectos estructurales de "El Camino de Santiago" (1958) de Alejo
Carpentier1 en el nivel de la acción y en el semántico. Asimismo, intentaremos señalar algunas implicaciones ideológicas de dicha estructura en relación con ciertas afirmaciones del autor.
Dos supuestos teóricos presiden nuestro análisis:  La hipótesis de que todo relato obedece y se constituye como tal dentro de una lógica de acciones o unidades narrativas que entran en combinación según ciertas posibilidades genéricas. Se trataría, entonces, de extraer el paradigma o paradigmas de acción que confieren unidad al relato, por una parte, y por otra, examinar las funciones significativas internas de dicho paradigma, todo esto sin olvidar la presencia implícita de un modelo abstracto del cual "El
Camino de Santiago" sería una escritura particular. En correlación, y desde otro ángulo, nuestro análisis no sería otra cosa que una lectura posible en vista al mismo modelo.
 Otra hipótesis es que todo relato se funda en relaciones significativas que lo trascienden y lo vinculan a una estructura o totalidad más amplia. Es decir, el carácter inmanente del relato en su condición de discurso imaginario no lo inhibiría de presentarse como mensaje dentro de una situación de comunicación real. Las relaciones internas del mundo imaginario evocado permitirían visualizar las relaciones histórico-sociales en que vive el escritor y surge la obra. Esta infra-estructura, por así decir, se haría patente toda vez que el relato fuera considerado como la respuesta estética-imaginaria del escritor a un problema
ético-real: el que le plantea su encuentro con el mundo y los otros hombres. De este modo, el paso de un discurso a otro, del universo imaginario al real, estaría asegurado por la presencia de una conciencia unificante, es decir, por un sujeto creador (no necesariamente individual)  empeñado en obtener una representación verbal, imaginaria y coherente de las tendencias prácticas, afectivas e intelectuales del grupo social al que pertenece o con el cual se identifica. Esto implica que la comparación entre el mundo del relato y el mundo real debería hacerse a nivel, no de contenidos o imágenes, sino de las categorías básicas que estructuran tanto al mundo imaginario como al real, o en palabras de Lucien Goldmann, en el nivel de las relaciones homológicas.
Conviene aclarar que mi análisis se ocupará preferentemente de la descripción y explicación interna de "El Camino de Santiago" y que sólo insinuará algunas derivaciones de esta descripción en relación con la segunda hipótesis.
Descripción: secuencias y paradigma de la acción
El argumento o historia de "El Camino de Santiago" puede ser dividido en cinco grandes secuencias o microrelatos encadenados linealmente. El desenlace de cada secuencia es el origen de la siguiente. Vamos a resumir y examinar cada una de ellas teniendo en cuenta ciertos criterios de paralelismo, recurrencia y antítesis con el fin de extraer el paradigma de la acción y sus funciones semánticas dentro del relato.
Primera secuencia (Juan de Amberes). El personaje e un soldado de los tercios de Flandes apostado en Amberes y bajo el mando del Duque de Alba. Ha dejado su carrera de chantre o clérigo por las promesas de la vida militar, por el "gran regocijo de mujeres, vinos y naipes" (p. 22).
Pero después de algunas campañas y de ver mundo, comprende el engaño de esas promesas. El estado de miseria y frustración se vuelve crítico con la llegada de un barco de mal aspecto que trae a un tiempo, irónicamente, naranjos olorosos, encendidos de frutas para satisfacer los caprichos de la querida del Duque, y la peste a un pueblo que no han podido acabar las picas, ni las hogueras religiosas. .
Con la peste, Amberes se torna un mundo amenazante y destructivo, Juan, cercado de cadáveres y ratas, cree llegada su hora y aterrado tiembla y clama "para que Dios, compadecido de quien se creía enfermo, no le mandara cabalmente la enfermedad" (p. 23). El proceso de desintegración culmina con una fiebre y pesadilla en la que se le aparece el Duque de Alba haciendo malabares con naranjas, mientras su amante vuela montada en un laúd y caminan las naranjas con patas de ranas y embudos por sombreros, como salidas de un cuadro de El Bosco. En medio de su delirio, Juan de Amberes cree descubrir en el cielo estrellado el aviso de su salvación, el camino de Santiago.
Segunda secuencia (Juan el romero). Convertido en peregrino, marcha Juan hacia el sur por los caminos de Francia, y mientras camina siente recuperar la salud y flaquear la voluntad. El verano, las vides maduras, y el', encuentro con otros romeros despiertan en él tales apetencias de vida que al llegar a Bayona se da un baño y se despacha un jarro de vino que le hace ver el cielo estrellado de otro modo: "Con piojos de menos y copas de más, empieza a pensar si aquella fiebre padecida sería cosa de la peste, y si aquella visión diabólica no sería obra de la fiebre" (p. 29). Al dejar Bayona su calabaza ya no carga agua de arroyos, sino "tintazo del fuerte." En Burgos lo recibe una feria que lo tienta con el olor de las comidas y el alboroto de vendedores, volatineros, gigantes y ciegos que recitan sucesos fabulosos de las Indias. Zarandeado de un lugar a otro, entre gritos y frituras, se encuentra por fin con un indiano embustero seguido por un negro y dedicado a pregonar buhonerías del Potosí. Con él acaba Juan en un mesón y mientras beben, los embustes del indiano se multiplican y devienen verdades: América es ahora mundo de prodigios, ciudades de oro y fuentes milagrosas.
Esa noche, bien entrado en humos, Juan se encamina, no al duro reposo conventual, sino a la cama de una moza que lo acoge "a cambio del permiso de besar las santas veneras que empiezan a descoserse de su esclavina"
(p. 37). Cuando deja Burgos, no toma el camino de Compostela, sino el de Sevilla para embarcarse a las Indias. Su calabaza carga ahora aguardiente.
Esta secuencia guarda estrecha similitud con la primera en cuanto al ordenamiento de la acción y una clara diferencia semántica. En ambas secuencias la acción se organiza sobre un deseo o proyecto inicial (vida militar, peregrinación), la degradación del proyecto a causa del contexto que amenaza o tienta (Flandes, sur de Francia), un momento crítico o culminación del proceso de degradación (peste, mesón de Burgos) y la conversión del personaje a otro papel (de Juan de Amberes a Juan el romero).
Veremos que este paradigma estructura también las otras secuencias. En el nivel semántico, el orden de la acción asume sentidos opuestos. Mientras en Amberes asistimos a un proceso de desintegración externa e interna (peste, pesadilla) que termina con la ruptura total entre el personaje y el mundo, en la peregrinación, en cambio, se da un proceso inverso, de integración con el mundo, con los hombres de su misma condición social. Los indicios marcan esta integración: en Tours se le juntan dos romeros de Alemania, en Poitiers, otros veinte, en Bayona son más de ochenta y en ¡a feria de Burgos Juan se pierde en un mar de gente, El contenido de su calabaza habla también de su transformación: al partir de Amberes, agua de arroyos, luego, vino tinto y, por fin, aguardiente. La degradación del proyecto individual, la salvación del alma y del cuerpo, hace posible la entrega de Juan a una realidad colectiva, a su propia clase social, aquélla que buscará otra salvación en América. Irónicamente, el camino de Santiago, camino del espíritu, conduce al personaje a su encarnación, a la identificación con hombres que corren su misma suerte, padecen igual miseria y pobreza, viven los mismos vicios y sueños.
Tercera secuencia (Juan el inmigrante). Animado por grandes ambiciones y quimeras, Juan se embarca a las indias, pero ya en la travesía comienza a advertir la distancia entre sus ilusiones y la realidad. Pulgas, mugre, tedio y fiebres empiezan a corromper ese "estupendo olor a aventuras" del día de la partida. La desilusión crece conla llegada a San Cristóbal de la Habana, porque allí "todo es chisme, insidias, comadreos, cartas que van, cartas que vienen, odios mortales, envidias sin cuento, entre ocho calles hediondas, llenas de fango en todo tiempo" (p. 46). Y en medio de este fango, gobernadores, obispos, regidores, alcaldes, se denuncian unos a otros en una guerra eterna. Juan, que apenas gana para sobrevivir, ya no sueña, sino que maldice al indiano "que le hiciera embarcar a esta tierra roñosa" (p. 49). Como en Amberes, la realidad se ha vuelto agresiva, ahora no por la peste, sino por el calor húmedo que todo lo pudre y, sobre todo, por el odio y la codicia de los que gobiernan el alma y cuerpo de los colonos. A esta agresividad del medio, Juan responde con truhanerías, con su afición al alcohol, los juegos y las riñas que lo obligan al poco tiempo a huir de La Habana buscando su salvación en orillas distantes. Culmina así otra etapa de degradación y ruptura con el mundo, análoga a la de Amberes, pero opuesta a la anterior. La acción, si observamos, permanece idéntica, inamovible en su ordenamiento.
Cuarta secuencia (Juan el fugitivo). La huida a una playa lejana y desierta le depara el encuentro con otros fugitivos: un hugonote, escapado de las matanzas de herejes en La Florida, un judío converso, perseguido por denunciar fraudes del obispo en La Habana, y un negro cimarrón que había acaudillado la fuga de esclavos de una plantación. Entre ellos encuentra Juan amparo y calor de hombres. Y mientras escucha sus historias, ve el absurdo de persecuciones y degollinas religiosas en una tierra donde "el arado es invento nuevo, espiga ignorada la del trigo, portento el caballo" (p. 55). Juan se siente integrado a esta comunidad de seres con quienes comparte un mismo pasado, la opresión de la época, la búsqueda de mejor vida en América y el desengaño. Desde cierto punto de vista, su nueva vida, primitiva y elemental, al ritmo de la naturaleza y las olas, "en un tiempo detenido, de mañana igual a ayer" (p. 56), se presenta como la única oportunidad efectiva dentro del relato para realizar la existencia utópica, una sociedad nueva, sin clases, sin prejuicios, libre de toda opresión. Pero también esta posibilidad se derrumba, no por las amenazas o tentaciones de afuera, sino por las de adentro, por la impronta que deja la civilización en los hombres, por los mecanismos de la fantasía y el inconsciente que siguen operando en los cimarrones de la Historia para atraerlos a su seno, a su red de engaños. Por esto, los tres, Juan, el calvinista y el judío se entregan a soñar e idealizar el mundo civilizado, el Viejo Continente. A los tres les invade la nostalgia por una vida que nunca tuvieron, por unos placeres, prestigios y fortunas que nunca alcanzaron. Europa es ahora la quimera, así como las
Indias se vuelve el fracaso. Tanto ansia el regreso Juan, que enferma y delira, y en su delirio se ve llorando y gimiendo ante las puertas cerradas de la Catedral en Compostela para que lo dejen entrar. Las puertas de la Catedral son también las de un mundo ilusorio, alienante, utópico. Por fin, un barco español los rescatará de la playa y los devolverá a Europa.
Quinta secuencia (Juan el indiano). El viaje de regreso es casi una réplica del anterior, pero con varios elementos de la segunda secuencia que si bien no alteran el paradigma de la acción, actúan en el orden semántico. Con sólo poner los pies en la nave, siente Juan volverle la salud al cuerpo.
En Sanlúcar le esperan el bordón y las sandalias de peregrino—" que las promesas eran promesas y por no cumplirla suya le habían llovido las malandanzas" (p. 66). Sus buenas intenciones empiezan a deteriorarse antes de llegar, esta vez no por tentaciones mundanas, sino por el odio y la crueldad contra sus dos compañeros, el calvinista y el judío, quienes al ser descubiertos son golpeados y aherrojados.
Sabe Juan, mientras tranquiliza al negro cimarrón que le acompaña y que tiembla de miedo, que sus dos amigos serán enviados al Santo Oficio y que acabarán en uno de los tantos braseros en que se resuelven las disputas teológicas de la época. El Viejo Mundo, añorado y hermoso desde América, vuelve a ser lo que era antes de inmigrar: una realidad amarga—más amarga ahora, tras convivir con hombres de otros credos—, mísera y opresiva. No sorprende, pues, que al llegar a Ciudad Real, abandone
su atuendo de peregrino y que en Burgos lo veamos convertido en Juan el indiano, el mismo indiano de la segunda secuencia, también seguido por un negro y pregonando buhonerías del Potosí que, en realidad, ha comprado a un prestamista de Toledo. Y como en aquella secuencia, vuelve a darse el encuentro con un romero llamado Juan,
"venido de Flandes para cumplir un voto hecho a Santiago en días de tremenda peste" (p. 71). Corre el vino en el mesón, crecen los embustes, las Indias es otra vez el camino de la fortuna y los prodigios, y no tardan los dos Juanes, el indiano tras el romero, en encaminarse a Sevilla, a la Casa de Contratación, para embarcarse a las Indias.
El esquema siguiente ayudará, creo, a ver mejor cómo se organizan y relacionan las cinco secuencias sobre la base de un único paradigma:

PARADIGMA
DE LA ACCIÓN

SECUENCIA I
"Juan de
Amberes"

SECUENCIA II
"Juan el romero"

SECUENCIA III
"Juan el
inmigrante"

SECUENCIA IV
"Juan el fugitivo"

SECUENCIA V
"Juan el Indiano"

Proyecto
o deseo inicial
(utopía)
(A)

Placer y
aventuras,
vida militar

Salvación
espiritual y
física

Fortuna en
las Indias

Salvación física
y moral

Regreso al
Viejo Mundo y
Peregrinación
a Santiago

Proceso de
degradación
(B)

Vida en
Flandes

Tentaciones
durante la
peregrinación.
Bayona, Burgos

Viaje y corrupción
de la vida
colonial

Nostalgia
de España

Persecuciones
religiosas

Culminación
o crisis
(frustración)
(C)

Peste en
Amberes,
miedo y
pesadilla

Mesón en
Burgos:
encuentro con
el indiano

Afición al vino,
al juego y las
riñas. Crimen y fuga

Fiebre
y delirio

Mesón en Burgos:
encuentro de
ambos Juanes

Conversión a
otro papel
(nueva utopía)
(D)

De soldado
a peregrino

De peregrino
a inmigrante

De inmigrante
a fugitivo

De fugitivo
a indiano

De indiano a
inmigrante;
de romero a
inmigrante




.
La lectura vertical muestra el orden de la acción; la horizontal, recurrencias y antítesis en el nivel semántico. En la línea (A) el proyecto inicial, siempre utópico, alterna entre su carácter mundano (fortuna, placer, aventuras) y el de preservación espiritual y física (peregrinación, fuga).
A su vez esta alternancia depende de la degradación, línea (B), que experimenta el personaje y que hace del contexto una realidad amenazante o tentadora. La línea (C), culminación del proceso, se asocia a estados de exaltación psíquica o desorden emocional (terror, delirio, embriaguez).
De aquí que las conversiones de un papel a otro, línea (D), resulten siempre ambiguas, inauténticas, en un clima de irrealidad y autoengaño. Y es en este clima que el proyecto inicial utópico termina de evaporarse para dar lugar a otro, origen de nuevas secuencias.
Estamos, sin duda, ante un tipo de relato cuya estructuración interna se funda primordialmente en la reiteración y encadenamiento lineal de una serie limitada de pasos que, en cierto nivel de abstracción, se constituye en una serie paradigmática. Hasta qué punto este paradigma es válido para examinar otros relatos de Carpentier, o de otros autores, no es objeto de discusión aquí, pero quizás es oportuno apuntar: (1) que el paradigma de acción extraído dice menos de la individualidad u "originalidad" del relato, que de sus aspectos genéricos, de su condición de discurso; (2) que si tiene algún valor genérico, nos hemos aproximado, teóricamente, a la caracterización de un modelo (o simulacrum, como diría Barthes) que puede hacer más inteligible el proceso de estructuración de numerosos relatos del pasado y del presente; y (3) que, en consecuencia, en el caso concreto de Carpentier, sería posible reunir varios de sus relatos bajo este modelo y establecer sus variaciones temáticas con mayor rigor, su particular percepción del hombre y la historia, su intención significativa más allá del universo imaginario de sus relatos y, por qué no, las implicaciones ideológicas de este universo.
Explicación: significado de la estructura interna
La última secuencia contiene elementos decisivos para la comprensión del relato en el plano semántico. Me refiero al encuentro de Juan el indiano y Juan el romero en
Burgos, pasaje que reproduce casi verbalmente el primer encuentro, aunque ahora desde el punto de vista del indiano.
Esta reiteración actualiza, por una parte, lo ya potenciado en la estructura de la acción y, por otra, ilumina la totalidad de la obra convirtiéndola en una proposición antropológica, en una visión de la naturaleza humana y el tiempo. El encuentro de los dos Juanes es menos la convergencia en un punto de dos líneas narrativas, que la reunión de dos dimensiones y momentos extremos de la vida y carácter de un solo personaje. El tiempo progresivo se diluye en pro de una percepción cíclica: el indiano y el romero encarnan a partir de ahora dos términos opuestos y constitutivos del hombre. Este, cualquiera sea su contexto geográfico, político o religioso, parece moverse siempre, invariablemente, de la utopía a frustración, de la. Frustración a la utopía.8 Una sigue a la otra del mismo modo en que Juan el indiano sigue a Juan el romero por el camino a Sevilla (p. 74). El narrador convalida esta percepción dialéctica y casi trágica con la intervención compasiva de
Santiago el Apóstol a favor de los dos picaros hacia el final del relato:
Y cuando los Juanes llegan a la Casa de la Contratación, tienen ambos. . .tal facha de picaros, que la Virgen de los Mareantes frunce el ceño al verlos arrodillarse ante su altar.
—Dejadlos, Señora—dice Santiago, hijo de Zebedeo y
Salomé, pensando en las cien ciudades nuevas que debe a semejantes truhanes. Dejadlos, que con ir allá me cumplen, (p. 76)
En esta perspectiva, pese a debilidades, miserias y proyectos irrealizables, el hombre es el hacedor de la historia, el fundador de ciudades, y en este quehacer hallaría su propia justificación y medida.9 Perspectiva que tiende a constituirse en mensaje, en ideología dentro de una situación que excede el marco de la comunicación imaginaria.
Y esto impone un cambio de frente en nuestro análisis: hay que considerar el mensaje en relación con otros relatos de Carpentier y con ciertas declaraciones suyas en el plano de la comunicación real.
La idea del hombre como realidad cíclica, atrapado en reiteraciones de deseos y conductas, sujeto al movimiento pendular de la ilusión al fracaso, se afianza en varios relatos
(£/ reino de este mundo, Los pasos perdidos, Semejante a la noche, El Siglo de las Luces) y en palabras del propio autor: "Je pense que l'homme a un comportement
éternel et unique au milieu de circonstances changeantes."Así resume el comentario sobre algunos de sus relatos. Pero conviene observar que este comportamiento eterno aparece siempre dentro de un mundo de relaciones sociales inmorales y opresivas. Ya en su primera novela, Ecué-Yamba-O (1933), es difícil disociar el destino trágicoritual de sus personajes del sistema económico-político de explotación y corrupción que los rodea. En "El Camino de Santiago," el contexto ocupa un lugar decisivo en los cambios y frustraciones de Juan. Si éste se vuelve pícaro y truhán es porque el mundo en que vive se muestra inhumano y corrompido por los vicios de la clase gobernante persecuciones religiosas, hogueras y degollina de herejes, odio y codicia de gobernadores y clérigos. Desde la primera secuencia se ve el contraste entre la condición miserable de los de abajo y la opulencia de los señores: la misma nave siniestra que trae la peste a soldados y pobladores, trae los naranjos de Argelia para satisfacer los caprichos de la querida del Duque. La miseria y el abismo social entre Juan y el poder temporal-religioso no ofrece muchas opciones:  se trata de sobrevivir, de buscar mejor fortuna como soldado, peregrino, inmigrante o pícaro. La conciencia religiosa, origen de arrepentimientos ambiguos, es conciencia individual, cuentas personales entre Dios y cada hombre. En el mundo de Juan la religión no salva al hombre, no lo libera, ni cuestiona el orden injusto y opresivo, sino que, opuestamente, lo convalida. Es la religión "oficial," aliada al poder, intolerante, promotora de guerras y persecuciones En Valladolid los recibe el hedor de un brasero, donde queman la mujer de uno que fue consejero del Emperador, en cuya casa se reunían los luteranos a oficiar. Acá todo huele a carne chamuscada, ardeduras de sambenito, parrilladas de herejes. De Holanda, de Francia, bajan los gritos de los emparedados, el llanto de las enterradas vivas, el tumulto de las degollinas, la acusación, en horribles vagidos, de los nonatos atravesados por el hierro en la matriz de sus madres, (pp, 74-5)
Para Juan no hay demasiadas diferencias entre la inmoralidad de Europa y América. Las circunstancias cambiantes de que habla Carpentier, resultan ilusorias en sus relatos.
El cambio es en rigor el desplazamiento del personaje dentro de un mismo sistema económico-social animado por principios de conquista y hegemonía política, primero, y luego por el impulso de preservar privilegios de clase ante un capitalismo burgués en ciernes. Podría afirmarse que la mismidad del hombre, su comportamiento eterno, es la mismidad del contexto que lo condiciona, limita y engaña.
En el seno de este contexto conviven las semillas de la imaginación utópica y los frutos amargos de la realidad. Y es que los mundos lejanos, las Indias fabulosas, promesas de fortuna y nueva vida, pertenecen en rigor al mismo dominio, a una sola estructura. Lo utópico se vuelve entonces disfraz, ocultamiento de lo real, alienación que mueve al hombre en la historia, no como afirmación y liberación de sí, sino como negación y servidumbre. No es casual que después de la justificación que Santiago hace de los dos Juanes al final del relato, el narrador describa a Belcebú, disfrazado de ciego en la feria de Burgos y embaucando a miserables y pobres hidalgos con las naves que salen de Sevilla para el Nuevo Mundo. En Tientos y Diferencias, Carpentier concibe la novela, entre otras cosas, como "un instrumento de indagación un modo de conocimiento de hombres y épocas—modo de conocimiento que rebasa, en muchos casos/ las intenciones de su autor."12 Y en la misma página afirma: "La novela debe llegar más allá de la narración, del relato, vale decir: de la novela misma, en todo tiempo, en toda época, abarcando aquello que Jean Paul Sartre llama 'los contextos/ " Pero si éste es el objetivo último de la novela, ir más allá, ver al hombre en situación—visión que de algún modo se opone a la del hombre como "comportamiento eterno y único"—, entonces es posible concluir que "El Camino de Santiago" es menos una alegoría sobre la debilidad de la naturaleza humana, que ía representación del engaño y corrupción de un sistema económicosocial  surgido a íines de la Edad Media y que se perpetúa hasta nuestros días.

El escritor no siempre se identifica con el grupo social del que proviene.
Esta aclaración importa para entender ciertas inconsistencias ideológicas en la praxis artística del autor, pues es en esta praxis donde convergen y entran en conflicto lo que Mao Tse-tung ha definido como origen de clase y posición de clase. La aplicación de estos dos conceptos a ciertos escritores latinoamericanos de hoy ayudaría a comprender el carácter problemático de sus obras cuando se las examina en relación con su ideario político. Cf. Ricardo Piglia, "Mao Tse-tung, práctica estética y lucha de clases," Literatura y Sociedad {Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo, 1974), pp. 119-37.

Apuntes sobre el Camino de Santiago

En el cuento “El camino de Santiago” [1], de Alejo Carpentier, nuevamente nos encontramos con el tópico del Viaje, en este caso, el camino de peregrinación a Santiago de Compostela (Campus Stellae= campo de estrellas).

Listado de incidentes del cuento:
Cap. I.-
-Lugar:Amberes; personaje: Juan soldado.
-Barco: tristeza, peste.
- Descripción de los otros mundos “exóticos”.

Cap. II.
- Lugar: Flandes
- Personaje: Juan soldado
- Peste.
- Enfermedad
- Castigo por haberse dedicado a tambor.
- Reconoce la vía láctea como el camino a Santiago.
-
Cap. III
- Caminos de Francia.
- Se descubre la promesa.
- Descripción de la miseria y de lo que ve en los caminos.
-
Cap. IV
- Juan Romero
- Encuentro y conversación con el Indiano
- Esa noche el camino a Santiago se nubla.

Cap. V
- Caminos de España.
- San Cristóbal de la Habana
- Juan el Romero -->Juan de Amberes.
- Cambia de ropas y no es soldado ni romero.
- Se une a la flota que va a la Nueva España.- Recuerda su promesa no cumplida (al no poder bajar en México).
- Llega a San Cristóbal de la Habana.

C
ap.VI
- San Cristóbal de la Habana
- Juan.
- Caos donde todos se recriminan.
- Comentarios negativos --> clima, animales.
- Maldice al Indiano por su suerte.
- Escapa.
- Encuentro con un calvinista.

Cap. VII
-Playa de la isla.
- Juan de Amberes.
- Convive con sus compañeros pacíficos --> realidad superreal.
- Juan el Estudiante.
-Sueño con Santiago --> Catedral de Compostela.
-Juan el Romero.

Cap. VIII
-Viaje rumbo a España.
-Desembarco en Sanlúcar.
-Juan el Indiano.

Cap. IX
-Valladolid.
-Puerto.
- Los Juanes --> se vuelve al capítulo IV.
-Juan el Romero abandona la peregrinación y parte con Juan el Indiano.


En Carpentier, la superrealidad es lo vital, lo sagrado, no así en Borges, por ejemplo, que significa una letra, una visión. Para el cubano, la superrealidad se vive, se experimenta, se goza. Importa la vida de los personajes, la experiencia compartida con otros seres; y se articula un mundo sin tiempo, donde los principios masculinos y femeninos están integrados. Se trata, también, de un mundo sin dinero.

Para Carpentier, el tiempo es histórico, un periodo de lucha y conflicto, y es espiral, asciende; para Borges, es circular (todos los hombres son Shakespeare).

El personaje en “Camino de Santiago”, está tensionado por dos espacios, dos épocas históricas, un pasado y un presente que se abren y se construyen.

La superrealidad está en el centro de la Isla (lugar marginal, pero centro a la vez), no está en Europa. Es decir, el centro está en la periferia. La identidad americana es metaforizada por los cambios de nombre. Un mismo hombre puede ser muchos hombres.

El camino de Santiago es el camino de América. Lo desconocido es lo extraordinario, lo excepcional. América es el renacimiento, lo humanista, lo profano; Europa es lo medieval, es la exploración de un nuevo destino, es lo religioso.

El viaje va del continente a la isla, como en los cuentos “Reunión” y “La isla a mediodía”, de Cortázar. La diferencia es que en el texto de Carpentier, la realidad ‘maravillosa’ es especular, por ejemplo, lo de arriba es igual a lo de abajo.

Otro cuento que muestra el paso de una época a otra es “Los funerales de la Mamá grande”, de García Márquez (Gen. ’57-Irrealista). La primera época es dominada por el poder feudal, poder individual, de círculos concéntricos, donde la Mamá Grande está en el centro de Macondo. El relato cuenta la desaparición del poder feudal, es decir, la muerte natural de María del Rosario Castañeda y Montero, la Mamá Grande. Se abre un nuevo espacio para el sujeto latinoamericano que contará la historia de lo previo. El cronista interpreta el mundo libremente, se apropia de un lenguaje.

Viajes a la muerte son “A la deriva”, de Horacio Quiroga” y “Talpa”, de Juan Rulfo. Ya hablaremos de estos dos cuentos.

***
[1] Carpentier, Alejo. “El camino de Santiago”. En: La guerra del Tiempo. México:Compañía General de Ediciones, 1968.

El camino de Santiago de Alejo Carpentier

Alejo Carpentier
(La Habana, 1904-París, 1980)

El camino de Santiago

I
      Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas. Como la llovizna de aquel atardecer le repicaba quedo en el parche mal abrigado por el ala del sombrero, todo había de parecerle un tanto aneblado —aneblado como lo estaba ya por el aguardiente y la cerveza del vivandero amigo, cuyo carro humeaba por todos los hornillos, un poco más abajo, cerca de la iglesia luterana que habían transformado en caballerizas. Sin embargo, aquel barco traía una tal tristeza entre las bordas, que la bruma de los canales parecía salirle de adentro, como un aliento de mala suerte. Las velas le estaban remendadas con lonas viejas, de colores mohosos; tenía pelos en los cordajes, musgos en las vergas, y de los flancos sin carenar le colgaban andrajos de algas muertas. Un caracol, aquí, allá, pintaba una estrella, una rosa gris, una moneda de yeso, en aquella vegetación de otros mares, que acababa de podrirse, en pardo y verdinegro, al conocer la frialdad de aguas dormidas entre paredes obscuras. Los marinos parecían extenuados, de pómulos hundidos, ojerosos, desdentados, como gente que hubiera sufrido el mal de escorbuto. Acababan de soltar los cabos de una faluca que les había arrastrado hasta el muelle, con gestos que no expresaban, siquiera, el contento de ver encenderse las luces de las tabernas. La nave y los hombres parecían envueltos en un mismo remordimiento, como si hubiesen blasfemado el Santo Nombre en alguna tempestad, y los que ahora estaban enrollando cuerdas y plegando el trapío, lo hacían con el desgano de condenados a no poner más el pie en tierra. Pero, de pronto, abrióse una escotilla, y fue como si el sol iluminara el crepúsculo de Amberes. Sacados de las penumbras de un sollado, aparecieron naranjos enanos, todos encendidos de frutas, plantados en medios toneles que empezaron a formar una olorosa avenida en la cubierta. Ante la salida de aquellos árboles vestidos de suntuosas cáscaras quedó la tarde transfigurada y un olor a zumos, a pimienta, a canela, hizo que Juan, atónito, pusiera en el suelo el tambor cargado en el hombro, para sentarse a horcajadas sobre él. Era cierto, pues, lo de los amores del Duque con lo que decían de los suntuarios caprichos de su dueña, ganosa siempre de los presentes que sólo un Alba, por mero antojo, podía hacer traer de las Islas de las Especias, de los Reinos de Indias o del Sultanato de Ormuz. Aquellos naranjos, tan pequeños y cargados, habían sido criados, sin duda, en alguna huerta de moros bautizados —que nadie los aventajaba en eso de hacer portentos con las matas—, antes de desafiar tormentas y bajeles enemigos, para venir a adornar alguna galería de espejos, en el palacio de la que arrebolaba su cutis de flamenca con los más finos polvos de coral del Levante. Y es que cuando ciertas mujeres se daban a pedir, en aquellos días de tantas navegaciones y novedades, no les bastaban ya los afeites que durante siglos se tuvieran por buenos, sino que pedían invenciones de Dinamarca, bálsamos de Moscovia y esencia de flores nuevas; si se trataba de aves, querían el papagayo indiano que dice insolencias, y en cuanto a perros, no se contentaban ya con el gozque cariñoso, sino que reclamaban falderos con traza de grifos, o animales con bastante lana para trasquilarlos de modo que tuvieran una melena berberisca donde prender lazos de color. Así, cuando el aguardiente del vivandero zamorano se subía a la cabeza de los soldados, había siempre quien se soltara la lengua, afirmando que si el Duque permanecía tanto tiempo en Amberes, con unos cuarteles de invierno que ya pasaban de cuarteles de primavera, era porque no acababa de resolverse a dejar de escuchar una voz que sonaba, sobre el mástil del laúd, como sonarían las voces de las sirenas, mentadas por los antiguos. "¿Sirenas?"—había gritado poco antes la moza fregona, gran trasegadora de aguardiente, que venía zapateando desde Nápoles, tras de la tropa. "¿Sirenas? ¡Digan mejor que más tiran dos tetas que dos carretas!" Juan no había oído el resto, en el revuelo de soldados que se apartaban del carro del vivandero sin pagar lo comido ni bebido, por temor a que algún criado del Duque anduviese por allí y denunciara la ocurrencia. Pero ahora, ante esos naranjos que eran llevados a tierra, bajo la custodia de un alferez recién llegado, le volvían las palabras de la moza, subrayadas por un espeso trazo de evidencia. Ya venían a cargar los árboles enanos unos carros entoldados que eran de la intendencia. Ahuecado el estómago por el repentino deseo de comer una olleta de panzas o roer una uña de vaca, Juan volvió a montarse en el hombro el tambor ganado a los naipes. En aquel momento observó que por el puente de una gúmena bajaba a tierra una enorme rata, de rabo pelado, como achichonada y cubierta de pústulas. El soldado agarró una piedra con la mano que le quedaba libre, meciéndola para hallar el tino. La rata se había detenido al llegar al muelle, como forastero que al desembarcar en una ciudad desconocida se pregunta dónde están las casas. Al sentir el rebote de un guijarro que ahora le pasaba sobre el lomo para irse al agua del canal, la rata echó a correr hacia la casa de los predicadores quemados, donde se tenía el almacén del forraje. Sin pensar más en esto, Juan regresó hacia el carro del vivandero zamorano. Allí, por amoscar a la fregona, los soldados de la compañía coreaban unas coplas que ponían a las de su pueblo de virgos cosidos, pegadoras de cuernos y alcahuetas. Pero, en eso pasaron los carros cargados de naranjos enanos, y hubo un repentino silencio, roto tan sólo por un gruñido de la moza, y el relincho de un garañón que sonó en la nave de los luteranos como la misma risa de Belcebú.
II
      Creyóse, en un comienzo, que el mal era de bubas, lo cual no era raro en gente venida de Italia. Pero, cuando aparecieron fiebres que no eran tercianas, y cinco soldados de la compañía se fueron en vómitos de sangre, Juan empezó a tener miedo. A todas horas se palpaba los ganglios donde suele hincharse el humor del mal francés, esperando encontrárselos como rosario de nueces. Y a pesar de que el cirujano se mostraba dudoso en cuanto a pronunciar el nombre de una enfermedad que no se veía en Flandes desde hacía mucho tiempo a causa de la humedad del aire, sus andanzas por el reino de Nápoles le hacían columbrar que aquello era peste, y de las peores. Pronto supo que todos los marineros del barco de los naranjos enanos yacían en sus camastros, maldiciendo la hora en que hubieran respirado los aires de Las Palmas, donde el mal, traído por cautivos rescatados de Argel, derribaba las gentes en las calles, como fulminadas por el rayo. Y como si el temor al azote fuese poco, la parte de la ciudad donde se alojaba la compañía se había llenado de ratas. Juan recordaba, como alimaña de mal agüero, aquella rata hedionda y rabipelada, a la que había fallado por un palmo, en la pedrada, y que debía ser algo así como el abanderado, el pastor hereje, de la horda que corría por los patios, se colaba en los almacenes, y acababa con todos los quesos de aquella orilla. El aposentador del soldado, pescadero con trazas de luterano, se desesperaba, cada mañana, al encontrar sus arenques medio comidos, alguna raya con la cola de menos y la lamprea en el hueso, cuando un bicho inmundo no estaba ahogado, de panza arriba, en el vivero de las anguilas. Había que ser cangrejo o almeja, para resistir al hambre asiática de aquellas ratas llagadas y purulentas, venidas de sabe Dios qué Isla de las Especias, que roían hasta el correaje de las corazas y el cuero de las monturas, y hasta profanaban las hostias sin consagrar del capellán de la compañía. Cuando un aire frío, bajado de los pastos anegados, hacía tiritar el soldado en el desván bajo pizarra que tenía por alojamiento, se dejaba caer en su catre, gimoteando que ya se le abrasaba el pecho y le dolían las bubas, y que la muerte sería buen castigo por haber dejado la enseñanza de los cantos que se destinan a la gloria de Nuestro Señor, para meterse a tambor de tropa, que eso no era arte de cantar motetes, ni ciencia del Cuadrivio, sino música de zambombas, pandorgas y castrapuercos, como la tocaban, en cualquier alegría de Corpus, los mozos de su pueblo. Pero, con un parche y un par de vaquetas se podía correr el mundo, del Reino de Nápoles al de Flandes, marcando el compás de la marcha, junto al trompeta y al pífano de boj. Y como Juan no se sentía con alma de clérigo ni de chantre, había trocado el probable honor de llegar a ingresar, algún día, en la clase del maestro Ciruelo, en Alcalá, por seguir al primer capitán de leva que le pusiera tres reales de a ocho en la mano, prometiéndole gran regocijo de mujeres, vinos y naipes, en la profesión militar. Ahora que había visto mundo, comprendía la vanidad de las apetencias que tantas lágrimas costaran a su santa madre. De nada le había servido repicar la carga en el fuego de tres batallas, desafiando el trueno de las lombardas, si la muerte estaba aquí, en este desván cuyos ventanales de cristales verdes se teñían tan tristemente con los fulgores de las antorchas de la ronda, al son de aquel tambor velado, tan mal tocado por esos flamencos de sangre de lúpulo que nunca daban cabalmente con el compás. La verdad era que Juan había gimoteado todo aquello del pecho abrasado y de las bubas hinchadas, para que Dios, compadecido de quien se creía enfermo, no le mandara cabalmente la enfermedad. Pero, de súbito, un horrible frío se le metía en el cuerpo. Sin quitarse las botas, se acostó en el catre, echándose una manta encima, y encima de la manta un edredón. Pero no era una manta, ni un edredón, sino todas las mantas de la compañía, todos los edredones de Amberes, los que le hubiesen sido necesarios, en aquel momento, para que su cuerpo destemplado hallara el calor que el Rey Salomón viejo tratara de encontrar en el cuerpo de una doncella. Al verlo temblar de tal suerte, el pescadero, llamado por los gemidos, había retrocedido con espanto, bajando las escaleras llenas de ratas, a los gritos de que el mal estaba en la casa, y que esto era castigo de católicos por tanta simonia y negocios de bulas. Entre humos vio Juán el rostro del cirujano que le tentaba las ingles, por debaio del cinturón desceñido, y luego fue, de repente, en un extraño redoble de cajas—muy picado, y sin embargo tenido en sordina—la llegada portentosa del Duque de Alba.
      Venía solo, sin séquito, vestido de negro, con la gola tan apretada al cuello, adelantándole la barba entrecana, que su cabeza hubiera podido ser tomada por cabeza de degollado, llevada de presente en fuente de mármol blanco. Juan hizo un tremendo esfuerzo por levantarse de la cama, parándose como correspondía a un soldado, pero el visitante saltó por sobre el edredón que lo cubría, yendo a sentarse del otro lado, sobre un taburete de esparto, donde había varios frascos de barro. Los frascos no cayeron ni se rompieron, aunque un olor a ginebra se esparciera por el cuarto, como un sahumerio de sinagoga. Afuera sonaban confusas trompetas, revueltas en gran desconcierto, desafinadas, como tiritándoles las notas, en el mismo frío que tenía tableteando los dientes del enfermo. El Duque de Alba, sin desarrugar un ceño de quemar luteranos, sacó tres naranjas que le abultaban bajo el entallado del jubón, y empezó a jugar con ellas, a la manera de los titiriteros, pasándoselas de mano a mano, por encima del peinado a la romana, con sorprendente presteza. Juan quiso hacer algún elogio de su pericia en artes que se le desconocían, llamándolo, de paso, León de España, Hércules de Italia y Azote de Francia, pero no le salían las palabras de la boca. De pronto, una violenta lluvia atamborileó en las pizarras del techo. La ventana que daba a la calle se abrió al empuje de una ráfaga, apagándose el candil. Y Juan vio salir al Duque de Alba en el viento, tan espigado de cuerpo que se le culebreó como cinta de raso al orillar el dintel, seguido de las naranjas que ahora tenían embudos por sombreros, y se sacaban unas patas de ranas de los pellejos, riendo por las arrugas de sus cáscaras. Por el desván pasaba volando, de patio a calle, montada en el mástil de un laúd, una señora de pechos sacados del escote, con la basquiña levantada y las nalgas desnudas bajo los alambres del guardainfantes. Una ráfaga que hizo temblar la casa acabó de llevarse a la horrosa gente, y Juan, medio desmayado de terror buscando aire puro en la ventana, advirtió que el cielo estaba despejado y sereno. La Vía Láctea, por vez primera desde el pasado estío, blanqueaba el firmamento.
      —¡El Camino de Santiago! —gimió el soldado, cayendo de rodillas ante su espada, clavada en el tablado del piso, cuya empuñadura dibujaba el signo de la cruz.
III
      Por caminos de Francia va el romero, con las manos flacas asidas del bordón, luciendo la esclavina santificada por hermosas conchas cosidas al cuero, y la calabaza que sólo carga agua de arroyos. Empieza a colgarle la barba entre las alas caídas del sombrero peregrino, y ya se le desfleca la estameña del hábito sobre la piadosa miseria de sandalias que pisaron el suelo de París sin hollar baldosas de taberna, ni apartarse de la recta vía de Santiago, como no fuera para admirar de lejos la santa casa de los monjes clunicenses. Duerme Juan donde le sorprende la noche, convidado a más de una casa por la devoción de las buenas gentes, aunque cuando sabe de un convento cercano, apura un poco el paso, para llegar al toque del Angelus, y pedir albergue al lego que asoma la cara al rastrillo. Luego de dar a besar la venera, se acoge al amparo de los arcos de la hospedería, donde sus huesos, atribulados por la enfermedad y las lluvias tempranas que le azotaron el lomo desde Flandes hasta el Sena, sólo hallan el descanso de duros bancos de piedra. Al día siguiente parte con el alba, impaciente por llegar, al menos, al Paso de Roncesvalles, desde donde le parece que el cuerpo le estará menos quebrantado, por hallarse en tierra de gente de su misma lana. En Tours se le juntan dos romeros de Alemania, con los que habla por señas. En el Hospital de San Hilario de Poitiers se encuentra con veinte romeros más, y es ya una partida la que prosigue la marcha hacia las Landas, dejando atrás el rastrojo del trigo, para encontrar la madurez de las vides. Aquí todavía es verano, aunque se cumplen faenas de otoño. El sol demora sobre las copas de los pinos, que se van apretando cada vez más, y entre alguna uva agarrada al paso, y los descansos de mediodía que se hacen cada vez más largos, por lo oloroso de las hierbas y el frescor de las sombras, los romeros se dan a cantar. Los franceses, en sus coplas, hablan de las buenas cosas a que renunciaron por cumplir sus votos a Saint Jacques; los alemanes garraspean unos latines tudescos, que apenas si dejan en claro el Herru Sanctiagu! Got Sanctiagu! En cuanto a los de Flandes, más concertados, entonan un himno que ya Juan adorna de contracantos de su invención: “¡Soldado de Cristo, con santas plegarias, a todos deñendes, de suertes contrarias!”
      Y así, caminando despacio, llevando fila de más de ochenta peregrinos, se llega a Bayona, donde hay buen hospital para espulgarse, poner correas nuevas a las sandalias, sacarse los piojos entre hermanos, y solicitar algún remedio para los ojos que muchos, a causa del polvo del camino, traen legañosos y dañados. Los patios del edificio son hervideros de miserias, con gente que se rasca las sarnas, muestra los muñones, y se limpia las llagas con el agua del aljibe. Hay quien carga lamparones que no sanaron ni con el tocamiento del Rey de Francia, y otro que jinetea un banco para descansar del estorbo de partes tan hinchadas, que parecen las verijas del gigante Adamastor. Juan el Romero es de los pocos que no solicitan remedios. El sudor que tanto le ha pringado el sayal cuando se andaba al sol entre viñas, le alivió el cuerpo de malos humores. Luego, agradecieron sus pulmones el bálsamo de los pinos, y ciertas brisas que, a veces, traían el olor del mar. Y cuando se da el primer baño, con baldes sacados del pozo santificado por la sed de tantos peregrinos, se siente tan entonado y alegre, que va a despacharse un jarro de vino a orillas del Adur, confiando en que hay dispensa para quien corre el peligro de resfriarse luego de haberse mojado la cabeza y los brazos por primera vez en varias semanas. Cuando regresa al hospital no es agua clara lo que carga su calabaza, sino tintazo del fuerte, y para beberlo despacio se adosa a un pilar del atrio. En el cielo se pinta siempre el Camino de Santiago. Pero Juan, con el vino aligerándole el alma, no ve ya el Campo Estrellado como la noche en que la peste se le acercara con un tremebundo aviso de castigo por sus muchos pecados. A tiempo había hecho la promesa de ir a besar la cadena con que el Apostol Mayor fuese aprisionado en Jerusalem. Pero ahora, descansado, algo bañado, con piojos de menos y copas de más, empieza a pensar si aquella fiebre padecida sería cosa de la peste, y si aquella visión diabólica no sería obra de la fiebre. El gemido de un anciano con media cara comida por un tumor, que yace a su lado, le recuerda al punto que los votos son votos, y metiendo la cabeza en el rebozo de la esclavina, se regocija pensando que llegará con el cuerpo sano, donde otros otros prosternarán sus llagas y costras, luego de pasarlas, inseguros aún del divino remiendo, bajo el arco de la Puerta Francina. La salud recobrada le hace recordar, gratamente, aquellas mozas de Amberes, de carnes abundosas, que gustaban de los flacos españoles, peludos como chivos, y se los sentaban en el ancho regazo, antes del trato, para zafarles las corazas con brazos tan blancos que parecían de pasta de almendras. Ahora sólo vino llevará el romero en la calabaza que cuelga de los clavos de su bordón.
IV
      El camino de Francia arroja al romero, de pronto, en el alboroto de una feria que le sale al paso, entrando en Burgos. El ánimo de ir rectamente a la catedral se le ablanda al sentir el humo de las frutas de sartén, el olor de las carnes en parrilla, los mondongos con perejil, el ajimójele, que le invita a probar, dadivosa, una anciana desdentada, cuyo tenducho se arrima a una puerta monumental, flanqueada por torres macizas. Luego del guiso, hay el vino de los odres cargados en borricos, más barato que el de las tabernas. Y luego es el dejarse arrastrar por el remolino de los que miran, yendo del gigante al volatinero, del que vende aleluyas en pliego suelto, al que muestra, en cuadros de muchos colores, el suceso tremendo de la mujer preñada del Diablo, que parió una manada de lechones en Alhucemas. Allí promete uno sacar las muelas sin dolor, dando un paño encarnado al paciente para que no se le vea correr la sangre, con ayudante que golpea la tambora con mazo, para que no se le oigan los gritos; allá se ofrecen jabones de Bolonia, unto para los sabañones, raíces de buen alivio, sangre de dragón. Y es el estrépito de siempre, con la fritura de los buñuelos, y el desafinado de las chirimlas, con algún perro de jubón y gorro, que viene a pedir limosna para el pobre tullido caminando en las patas traseras, como cristiano. Cansado de verse zarandeado, Juan el Romero se detiene, ahora, ante unos ciegos parados en un banco, que terminan de cantar la portentosa historia de la Arpía Americana, terror del cocodrilo y el león, que tenía su hediondo asiento en anchas cordilleras e intrincados desiertos:
—Por una cuantiosa suma
La ha comprado un europeo,
Y con ella se vino a Europa;
En Malta desembarcóla,
Desde allí fue al país griego,
Y luego a Constantinopla,
Toda la Tracia siguiendo.
Allí empezó a no querer
Admitir los alimentos,
Tanto que a las pocas semanas
Murió rabiando y rugiendo.

CORO: Este fin tuvo la Arpía
Monstruo
de natura horrendo,
Ojalá todos los monstruos
Se murieran en naciendo.
      Por no dar limosna, los que escuchaban en segunda fila se escurren prestamente, riendo de los ciegos que descargan su enojo en la prosapia de los tacaños; pero otros ciegos les cierran el paso un poco más lejos, cerca de donde se representa, en retablo de títeres, el sucedido de los moros que entraron en Cuenca disfrazados de carneros. Escapando de la Arpía Americana, Juan se ve llevado a la Isla de Jauja, de la que se tenían noticias, desde que Pizarro hubiera conquistado el Reino del Perú. Aquí los cantores tienen la voz menos rajada, y mientras uno ofrece oraciones para las mujeres que no paren, el jefe de los otros, ciego de grande estatura, tocado por un sombrero negro, bordonea con larguísimas uñas en su vihuela, dando fin al romance:
—Hay en cada casa un huerto
De oro y plata fabricado
Que es prodigio lo que abunda
De riquezas y regalos.
A las cuatro esquinas de él
Hay cuatro cipreses altos:
El primero de perdices,
El segundo gallipavos,
El tercero cría conejos
Y capones cría el cuarto.
Al pie de cada ciprés
Hay un estanque cuajado
Cual de doblones de a ocho,
Cual de doblones de a cuatro.
      Y ahora, dejando la tonada de la copla para tomar empaque de pregonero de levas, concluye el ciego con voz que alcanza los cuatro puntos de la feria, alzando la vihuela como estandarte:
—¡Ánimo, pues, caballeros,
Ánimo, pobres hidalgos,
Miserables buenas nuevas,
Albricias, todo cuitado!
¡Que el que quiere partirse
A ver este nuevo pasmo
Diez navíos salen juntos
De Sevilla este año...!
      Vuelven a escurrirse los oyentes, otra vez injuriados por los cantores, y se ve Juan empujado al cabo de un callejón donde un indiano embustero ofrece, con grandes aspavientos, como traídos del Cuzco, dos caimanes rellenos de paja. Lleva un mono en el hombro y un papagayo posado en la mano izquierda. Sopla en un gran caracol rosado, y de una caja encarnada sale un esclavo negro, como Lucifer de auto sacramental, ofreciendo collares de perlas melladas, piedras para quitar el dolor de cabeza, fajas de lana de vicuña, zarcillos de oropel, y otras buhonerías del Potosí. Al reír muestra el negro los dientes extrañamente tallados en punta y las mejillas marcadas a cuchillo, y agarrando unas sonajas se entrega al baile más extravagante, moviendo la cintura como si se le hubiera desgajado, con tal descaro de ademanes, que hasta la vieja de las panzas se aparta de sus ollas para venir a mirarlo. Pero en eso empieza a llover, corre cada cual a resguardarse bajo los aleros —el titiritero con los títeres bajo la capa, los ciegos agarrados de sus palos, mojada en su aleluya la mujer que parió lechones—, y Juan se encuentra en la sala de un mesón, donde se juega a los naipes y se bebe recio. El negro seca al mono con un pañuelo, mientras el papagayo se dispone a echar un sueño, posado en el aro de un tonel. Pide vino el indiano, y empieza a contar embustes al romero. Pero Juan prevenido como cualquiera contra embuste de indianos, piensa ahora que ciertos embustes pasaron a ser verdades. La Arpía Americana, monstruo pavoroso, murió en Constantinopla, rabiando y rugiendo. La tierra de Jauja había sido cabalmente descubierta, con sus estanques de doblones, por un afortunado capitán llamado Longores de Sentlam y de Gorgas. Ni el oro del Perú, ni la plata del Potosí eran embustes de indianos. Tampoco las herraduras de oro, clavadas por Gonzalo Pizarro en los cascos de sus caballos. Bastante que lo sabían los contadores de las Flotas del Rey, cuando los galeones regresaban a Sevilla, hinchados de tesoros. El indiano, achispado por el vino, habla luego de portentos menos pregonados: de una fuente de aguas milagrosas, donde los ancianos más encorvados y tullidos no hacían sino entrar, y al salirles la cabeza del agua, se les veía cubierta de pelos lustrosos, las arrugas borradas, con la salud devuelta, los huesos desentumecidos, y unos arrestos como para empreñar una armada de Amazonas. Hablaba del ámbar de la Florida, de las estatuas de gigantes vistas por el otro Pizarro en Puerto Viejo, y de las calaveras halladas en Indias, con dientes de tres dedos de gordo, que tenían una oreja sola, y ésa, en medio del colodrillo. Había, además, una ciudad, hermana de la de Jauja, donde todo era de oro, hasta las bacías de los barberos, las cazuelas y peroles, el calce de las carrozas, los candiles. "¡Ni que fueran alquimistas sus moradores!", exclama el romero atónito. Pero el indiano pide más vino y explica que el oro de Indias ha dado término a las lucubraciones de los perseguidores de la Gran Obra. El mercurio hermético, el elixir divino, la lunaria mayor, la calamina y el azófar, son abandonados ya por todos los estudiosos de Morieno, Raimundo y Avicena, ante la llegada de tantas y tantas naves cargadas de oro en barras, en vasos, en polvo, en piedras, en estatuas, en joyas. La transmutación no tiene objeto donde no hay operación que cumplir en hornacha para tener oro del mejor, hasta donde alcanza la mano de un buen extremeño, parado en una estancia de regular tamaño.
      Noche es ya cuando el indiano se va al aposento, trabada la lengua por tanto vino bebido, y el negro sube, con el mono y el papagayo, al pajar de la cuadra. El romero, también metido en humos yéndose a un lado y otro del bordón —y, a veces girando en derredor—, acaba por salirse a un callejón de las afueras, donde una moza le acoge en su cama hasta mañana, a cambio del permiso de besar las santas veneras que comienzan a descoserse de su esclavina. Las muchas nubes que se ciernen sobre la ciudad ocultan, esta noche, el Camino de Santiago.
      Dice ahora, a quien quiere oírle, que regresa donde nunca estuvo. Allá quedó Santiago el Mayor y la cadena que le aprisionó y el hacha que lo decapitó. Por aprovechar las hospederías de los conventos y su caldo de berzas con pantortas de centeno; por gozar de las ventajas de las licencias, sigue llevando Juan el hábito, la esclavina y la calabaza, aunque ésta, en verdad, sólo carga ya aguardiente. Bien atrás quedó el Camino Francés, beneficio de otro que, al pasar por Ciudad Real, lo tuvo tres días pegado a los odres del más famoso vino de todo el Reino. De allí en adelante nota algo cambiado en las gentes. Poco hablan de lo que ocurre en Flandes, viviendo con los oídos atentos a Sevilla, por donde llegan noticias del hijo ausente, del tío que mudó la herrería a Cartagena, del otro que perdió su plata, por no tenerla registrada. Hay pueblos de donde han marchado familias enteras; canteros con sus oficiales, hidalgos pobres, con caballo y los criados. Ahora tocan cajas en todas las plazas, levando gente para conquistar y poblar nuevas provincias de la Tierra Firme. Los mesones, los albergues, están llenos de viajeros. Así, habiendo trocado la venera por la Rosa de los Vientos, llega Juan el Romero a la Casa de la Contratación, tan olvidado de haber sido peregrino, que más parece un actor de compañía desbandada, de los que a falta de dinero, echan mano a las arcas del vestuario, acabando por ponerse la casaca del bobo de entremés, las bragas del vizcaino, la cota de Pilato y el sombrero que llevaba Arcadio, el pastor enamorado de la comedia al estilo italiano, que no gustó. Poco a poco, haciéndose de unas calzas acá allá de una capa, cambiando la esclavina por zapatos, regateando al ropavejero, Juan lucía un atuendo que si en nada recordaba al romero, tampoco evocaba al soldado de los Tercios de Italia. Además, no era propósito suyo acudir a la llamada de las levas, pues bien le había advertido el Indiano que las conquistas a lo Cortés, yéndose en armada, no era ya lo que mejor aprovechaba. Lo que ahora pagaba en Indias era el olfato aguzado, la brújula del entendimiento, el arte de saltar por sobre los demás, sin reparar mucho en ordenanzas de Reales Cédulas, reconvenciones de bachilleres, ni griterías de Obispos, allí donde la misma Inquisición tenía la mano blanda, por tener muy poco que hacer con tantos negros e indios, escasamente preparados en materia de fe, sabiéndose, además, que si hubiese empeño en repartir sambenitos, los más se irían en vestir capellanes culpables del delito de solicitación en el confesionario; y como la atenuante del impulso repentino era tanto más válida en tierras calientes, el Santo Oficio americano había optado, desde el comienzo, por calentar jícaras de chocolate en sus braseros, sin afanarse en establecer distingos de herejía pertinaz, negativa, diminuta, impenitente, perjura o alumbrada. Además, donde no había iglesias luteranas ni sinagogas, la Inquisición se echaba a dormir la siesta. Podían los negros, a veces, tocar el tambor ante figuras de madera que olían a pezuña del diablo. Pero mientras con su pan se lo comieran, los frailes se encogían de hombros. Lo que molestaba eran las herejías que venían acompañadas de papeles, de escritos, de libros. Así, después de agacharse bajo el agua bendita, los negros e indios volvían muchas veces a sus idolatrías, pero hacían demasiada falta en las minas, en los repartimientos, para que se les viera, al tenor del Cuarto Evangelio, como el sarmiento seco que se amontona y arroja al fuego. De este modo, favoreciéndolo con la merced de su larga experiencia, el Indiano , lo había recomendado a un cordelero sevillano, cuya atarazana, repleta de catres y jergones, era posada donde otros aguardaban, como él, permiso para embarcar en la Flota de la Nueva España, que en mayo saldría de Sanlúcar con mucha gente divertida a bordo de las naves. Con el nombre de Juan de Amberes quedaba Juan asentado en los libros de la Casa de la Contratación —pues no debía olvidarse que se le esparaba en Flandes, luego de la promesa cumplida—, entre un Jorge, negro esclavo del Obispo de Tarragona, y uno que demasiado insistía en no ser hijo de reconciliado, ni nieto de quemado por herejía. En el mismo folio de asientos desfilaban, a continuación, un pellejero de la Emperatriz, un mercader genovés llamado Jácome de Castellón, varios chantres, dos polvoristas, el Deán de Santa María del Darién con su paje Francisquillo, un algebrista maestro en pegar huesos rotos, clérigos, bachilleres, tres cristianos nuevos, y una Lucía, de color de pera cocha. En eso del color, mejor hubiera sido no entrar en distingos, buscándose matices de era cocida o no, porque Juan, en sus andanzas por el laberinto bético, se asombraba ante el gran portento de los humanos colores. Y no eran tan sólos negros horros que esperaban el día de salir en las flotas, loros como brea o con el pellejo de berenjena; no eran tan sólo las morenas del para cumbé, guineas alcojoladas, mulatas de Zofalá, sino que se veían, en estas vísperas de salida, muchog indios que aguardaban el regreso a sus patrias en el séquito de prelados o capitanes, venidos a tratar negocios en la Corte. El solo Chantre Mayor de Guatemala, que embarcaría en la Flota, se traía tres criados, de color aceitunado, con las frentes ceñidas por tiras bordadas, y una manta de lana espesa, con los colores del arco iris, metida por la cabeza a modo de capisayo. Los tres llevaban cruces al cuello, pero sabe Dios de qué paganismo hablarían, en su idioma de respirar para dentro, que más soñaba protesta de sordomudo que a lengua de cristiano había indios de la Española, yucatecos que llevaban calzones blancos, y otros, de cabeza redonda, bocas belfudas, y pelo espeso, cortado como a medida de cuenco, que eran de la Tierra Firme, y hasta aparecían en misa, algunas veces, los ocho mexicanos de la casa de Medina Sidonia, que habían tocado chirimías —y muy diestramente, por cierto —en las fiestas dadas para celebrar el encuentro de Doña María con el Príncipe Felipe, en Salamanca. Todo aquel mundo alborotoso y raro, tornasolado de telas gritonas, de abalorios y de plumas, donde no faltaban eunucos de Argel, y esclavas moras con las caras marcadas al hierro, ponían un estupendo olor de aventuras en las narices de Juan de Amberes. Y luego, era la salmuera de los matalotajes, la brea de los calafates, las sardinas salpresadas de las tabernas de vino blanco, el dado echado a todas horas, y la endemoniada zarabanda que ya se bailaba en las casas del trato, donde los marineros habían traído la costumbre de mascar una yerba parda, que les teñía la saliva de amarillo, y ponía en sus barbas un fuerte olor a regaliz, a vinagre, a especias, y a muchas cosas más que no acababan de oler bien.
      Y ya está Juan de Amberes en alta mar. No le dejan pasar a México, porque el Consejo quiere gente para poblar comarcas empobrecidas por los saqueos de piratas franceses, la falta de labradores, la mortandad de los indios en las minas. Juan recibió la nueva con pataleos y blasfemias. Pensó luego que era castigo de Dios, por no haber llegado hasta Compostela. Pero a punto apareció el Indiano de la feria de Burgos en el albergue de viajeros, para decirle que una vez cruzado el Mar Océano, podría reírse de los oficiales del Consejo, pasando a donde mejor le viniera en ganas, como hacían los más cazurros. Y así, ya sin enojo, anda Juan redoblando el tambor en la cubierta de su nave, para anunciar la carrera de cerdos que se hará en el sollado, antes de que los animales caigan bajo el cuchillo del cocinero, para ser salados. Queriéndose burlar el tedio de la calma chicha, y olvidar que el agua de los barriles ya sabe a podrido, se corren cochinos, se corren becerros, mientras todavía están en pie, en espera de otras diversiones. Habrá, luego, la batalla de jeringas cargadas de agua de mar; el palo atado a la cola del perro enfurecido, que romperá más de una cabeza de un molinete; la busca, a ojos vendados, del gallo apretado entre dos tablas, para zajarle la cabeza de un sablazo; y cuando todo esto aburre y el dinero de los unos ha pasado a ser de otros, diez veces, al juego de la quínola o el rentoy, se desatan las fiebres, caen los de la insolación, hay quien deja los colmillos en una galleta ya rumiada de ratones, pasa algún difunto por sobre la borda, pare mellizos la negra lora, vomitan estos, se rascan los otros, largan aquellos las entrañas, y cuando ya parece que no se aguanta más, de pulgas de liendres, de mugre y hediondeces, grita el vigía, una mañana, que por fin se divisa el morro del puerto de San Cristóbal de La Habana. Era tiempo de llegar: el ingrato camino para alcanzar la fortuna estaba cansando ya a Juan, a pesar de que peces voladores, vistos algunos días antes, le hubieran parecido un portento anunciador de Arpías Americanas y tierras de Jauja. Contento ahora, al mirar un campanario esbelto sobre el hacinamiento de tejados y chozas de lo que debe ser la ciudad, agarra los palillos y atruena el tambor con el compás de la marcha que llevaba su compañía, cuando entrara en Amberes a tomar cuarteles de invierno, para hacer la guerra a los herejes, enemigos de nuestra santa religión.
V
      Pero allí todo es chisme, insidias, comadreos, cartas que van, cartas que vienen, odios mortales, envidias sin cuento, entre ocho calles hediondas, llenas de fango en todo tiempo, donde unos cerdos negros, sin pelo, se alborozan la trompa en montones de basura. Cada vez que la Flota de la Nueva España viene de regreso, son encargos a los patrones de las naves, encomiendas de escritos, misivas, infundios y calumnias, para entregar, allá, a quien mejor pueda perjudicar al vecino. En el calor que envenena los humores, la humedad que todo lo pudre, los zancudos, las nihuas que ponen huevos bajo las uñas de los pies, el despecho y la codicia de menudos beneficios —que grandes, allí, no los hay— roen las almas. Quien sabe escribir no usa la merced en escribir discursos de provecho, a la manera de los antiguos, alguna pastoral o invención de regocijo para el Corpus, sino que se las pasa mandando quejas al Rey, habladurías al Consejo, con la pluma mojada en tinta de hiel. Mientras el Gobernador trata de desacreditar a los Oficiales Reales en carta de ocho pliegos, el Obispo denuncia al Regidor por amancebado; el Regidor al Obispo, por usurpar cargos de Inquisidor, no conferidos por el Cardenal de Toledo; el Escribano Público acusa al Tesorero, amigo del Alcalde, acusa al Escribano de pícaro y trapacero. Y va la cadena, rompiendo siempre por lo más débil o lo más forastero. A éste se denuncia de haber comprado hierbas de buen querer a un negro brujo, a quien mandarán azotar en Cartagena de Indias; al Pregonero, porque dicen que cometió el nefando pecado; al Encomendero, por haber movido los linderos de un realengo; al Chantre, por lujurioso; al Artillero por borracho, al Pertiguero por bujarrón. El Barbero de la villa  —bizco de daña con el solo mirar cruzado— es la espernada de la cadena de infamias, afirmando que Doña Violante, la esposa del antiguo gobernador, es zorra vieja que tiene comercio deshonesto con sus esclavos. Y así se lleva, en este infierno de San Cristóbal, entre indios naboríes que apestan a manteca rancia y negros que huelen a garduña, la vida más perra que arrastrarse pueda en el reino de este mundo. ¡Ah! ¡Las Indias!...Sólo se le alegra el ánimo a Juan de Amberes, cuando llega gente marinera de México o de la Española. Entonces, durante días, recordando que fue soldado, roba a los carniceros un costillar que guisarán entre varios, en salsa de achiote o polvo de chile traído de la Veracruz —o ayuda a tumbar las puertas de las pescaderías, para cargar con las cestas de pargos y jicoteas. En esos meses, a falta de manjares más finos, Juan se ha aficionado a las novedad del jitomate, la batata y la tuna. Se llena las narices de tabaco, y en días de penurias —que son los más— moja su cazabe en melado de caña, metiendo luego la cara en la jícara para lamerla mejor cuando la tripulación de las flotas viene a tierra, se da a bailar con las negras horras —de cara de Diablo para hacer tal oficio, donde tanto escasean las hembras—, que tienen un corral de tablaje, con catres chinchosos, junto a la dársena del carenero. Lo poco que gana tocando el atambor cuando hay arco a la vista, encabezando alguna procesión, o tratando de concertar a las zambas que tocan maracas en los Oficios de Calenda, se lo gasta en el bodegón de un allegado del Gobernador, próximo la Casa del Pan, que suele recibir, de tarde en tarde, barricas del peor morapio. Pero aquí no puede hablarse de vino de Ciudad Real, ni de Ribadavia, ni de Cazalla. El que le baja por el gaznate, esmerilándole la lengua, es malo, agrio, y caro por añadidura, como todo lo que de esta isla se trae. Se le pudren las ropas, se le enmohecen las armas, le salen hongos a los documentos, y cuando alguna corroña es tirada en medio de la calle, unos buitres negros, de cráneo pelado, le destrenzan las tripas como cintas de Cruz de Mayo. Quien cae al agua de la bahía es devorado por un pez gigante, ballena de Jonás, con la boca entre el cuello y la panza, que allí llaman tiburón. Hay arañas del tamaño de la rodela de una espada, culebras de ocho palmos, escorpiones, plagas sin cuento. En fin, que cuando tintazo avinagrado se le sube a la cabeza, Juan de Amberes maldice al hideputa de indiano que le hiciera embarcar para esta tierra roñosa, cuyo escaso oro se ha ido, hace años, en las uñas de unos pocos. De tanto lamentar su miseria en un calor le tiene el cuerpo ardido y la piel como espolvoreada de arena roja, se le inflaman los hipocondrios, se le torna pendenciero el ánimo, a semejanza de los vecinos de la villa, cocinados en su maldad, y una noche de tinto mal subido, arremete contra Jácome de Castellón, el genovés, por fullerías de dados, y le larga una cuchillada que lo tumba, bañado en sangre, sobre las ollas de una mondonguera. Creyéndolo muerto, asustado por la gritería de las negras que salen de sus cuartos abrochándose las faldas, toma Juan un caballo que encuentra arrendado a una reja de madera, y sale de la ciudad a todo galope, por el camino del astillero, huyendo hacia donde se divisan, en días claros, las formas azules de lomas cubiertas de palmeras. Más alla debe haber monte cerrado, donde ocultarse de la justicia del Gobernador.
      Durante varios días cabalga Juan de Amberes el rocín que pierde las herraduras en tierra cada vez más fragosa. Ahora que se dejaron atrás los últimos campos de caña, una cordillera va creciendo a su derecha, con cerros de lomo redondeado, como grandes perros dormidos bajo su lana de manigua. Siguiendo las orillas de un arroyo que viene bajando a saltos, trayendo semillas y frutas podridas, con altas malangas en los remansos y pececillos de ojos negros que titilan a contracorriente, el fugitivo va subiendo hacia donde los árboles cargan flores moradas, o se enferman, en la horquilla de un tronco, del tumor de una comejenera hirviente de bichos. Hay matas que parecen vestidas de cáscara de cebolla, y otras que cargan los nidos de enormes ratas. Juan deja el caballo en el amarradero de un tronco de ceibo, pues tendrá que trepar ahora por grandes piedras para alcanzar el filo de la cordillera. Y ya baja hacia la otra vertiente, cuando clarea el matorral, y se abre el mar a sus pies: un mar sin espuma, cuyas olas mueren, con sordo embate, en las penumbras de socavones habitados por un trueno de gravas rodadas. Al atardecer está en una playa cubierta de almejas, donde unas vejigas irisadas mueren al sol, entre cáscaras de erizos pomas leonadas y guamos grandes, de los que braman como toros. Juan se hincha los pulmones de aire salobre, de brisa fresca que le llena los ojos de lágrimas, al olerle a Sanlúcar el día de la partida, y también a su desván de Amberes, con la pescadería de abajo, cuando ladra un perro tras de los cocoteros, y ve el fugitivo, al volverse, un hombre barbado que le apunta con un arcabuz:
      —¡Soy calvinista! —dice, en tono de reto.
      —¡Yo he matado! —responde Juan, para tratar de descender, en lo posible, al nivel de quien acaba de confesar el peor crimen. El barbado afloja el arma, lo contempla durante un rato, y llama por un Golomón —negro de mejillas tasajeadas a cuchillo—, que cae de un árbol, casi encima de Juan, y le baja el sombrero sobre la cara, con tal fuerza que la cabeza se lo raja a media copa. Metido en la noche del fieltro, lo hacen caminar